El discurso

Y recitó:
Esta noche le escribo a la parte escondida de la mente, al lado oscuro del corazón.
Esta noche me dirijo a esa alma dolida, al que perdió sus cosas más estimadas, su felicidad cotidiana.

Le escribo a la roja desdicha del silencio, le escribo al temor inminente de ser reemplazado
al miedo de la distancia, al frío del abandonado.

Le escribo al hombre engañado, a la mujer ilusionada. Al año de cadáveres, a la mente de barro aguerrida.
Al artista ya sin musa, al proyectista sin fondos, al fotografo desconocido, al amante ignorado, al poeta y cantante en silencio.

No sé lo que es la vida, ustedes tampoco.
No sé cuál es el fin, ni el sentido.

Sé que no es un asunto de karma, sé que no es el destino bíblico.

Pero prefiero pensar que el sentido de la vida no existe, no inherentemente.

Que la felicidad no está en una persona externa que sepa amarnos como si eso fuera a acallar los problemas, ni en olvidar todas las guerras como si así se detuvieran.
De hecho, sé que la tristeza se esconde detrás de cada rostro mayormente optimista.

Sé que la verdad tampoco está en el ser negativo, aunque algunos intelectualoides afirmen que lo negativo es lo único que tenemos, y haya tanto pelotudo pregonando sapiencias en rabietas de pendejo.

Sé que la vida no tiene más sentido que el que nosotros le demos.
Sé que el sentido de la vida del ignorado es el reconocimiento, el del amador ser amado.
Del complejo hombre triste estar simplemente contento.

Y sé de algunos que sí lo han logrado, pero han terminado por negarse a lo que son y lo que fueron
y en eso volvieron a caer, desde más arriba.

Y es que no pudo ser otra tierra, si no la tierra maldita, la tierra de Neruda.
No pudo ser otro lugar el de Artaud, ni otra amargura la de Vincent Van Gogh.

No sé de qué se trata la vida.
Pero sé que somos hijos de la adversidad, que nuestro progreso viene por solucionar problemas que nos aquejaron.
Más allá de años y de suertes, he aprendido a asumir realistamente que esto no se va a solucionar por cuenta propia.

Y puede que la época sea terrible, puede que la época sea de hambruna, y de hambre encontraremos una forma de generar más alimentos.

Y el artista dolido sabrá expresar en pinceles y plumas su más puro corazón.
Y el hombre imaginario terminará haciéndose concreto.
Aunque muchos caigan en el camino, la tarea de cada día es arreglar los problemas que se nos enfrentan.

Y con eso, ojalá, dejar un lugar mejor del que nos encontramos.

Podremos llorar todo el día, pero si en ése llanto aprendemos y aplicamos algo nuevo, entonces el día valió la pena.
Podremos avanzar un paso y retroceder dos en un principio, pero eso nos terminará por enseñar a sumar más que restar con el tiempo.
Aprender a despreciar el sonido de una gota constante, y a calmarnos con los millones de gotas de la lluvia.

Sé, y ahora sabemos entonces, que nuestra grandeza yace en los cimientos de desastres centenarios.
En la cultura que nos cobija, sus cosas buenas y sus cosas malas, en el clima, cielo, tierra y tecnología.

Y sé que la grandeza se hace, pero también se escribe, y está siempre ahí para que quien quiera pueda leerla.

Y sé que si cada día podemos ver más allá, más allá del tiempo y de la adversidad, es porque estamos parados sobre hombros de gigantes.