Sobre los oficios, cosmovisión y mi creciente amor por la fotografía

Algunos sabios y otros notansabios argumentan que gran parte de la vida se trata del crecimiento personal, y mucho de ése crecimiento, me parece, tiene mucho que ver con la visión del mundo que uno tiene.

Esta mística palabra, la cosmovisión está influenciada por nuestros propios misticismos -a veces muy burramente-, la época en la que vivimos -casi como un Zeit-geist en la mayoría de los casos-, nuestra tendencia política, económica, moral, filosófica y todo eso.

Y en mi caso, existe siempre una herramienta que persigo, que me ayuda a agrandar esta cosmovisión: Las experiencias, y dentro de estas experiencias, las experiencias de los oficios.

Me parece a mi que aprender nuevos oficios nos da la experiencia alucinante de poder ponernos en un papel, en un personaje incluso, que nos lleva a pensar con un mindset específico dependiendo de lo que hagamos, y esto también aporta a nuestros otros conocimientos.

Para mi, discutía con un amigo pintor, no es lo mismo un pintor que sabe esculpir -como lo fue el gran Michaelangelo di Lodovico Buonarroti-, que entiende la profundidad espacial de primera fuente, y sabe modelarla a su intención, a un pintor que sólo pinta sin más profundidad -metafórica y real-.

No es lo mismo un baterista que conoce más instrumentos que su batería, y que, por ejemplo, fue un trompetista -como el más grande, Gabriel Parra-, quien tiene una noción de las tonalidades y ritmos distintas, que sabe que en la música hay que tomarse pausas para respirar -como lo haría un trompetista-, pero también para darle dinamismo a su interpretación.

Y no es lo mismo una persona que mira con ojos desnudos, que una persona que mira a través de una cámara. Las visiones son distintas.

Esta visión es la que he perseguido desde hace un tiempo.

La fotografía

La fotografía tiene una capacidad bastante única: Congelar en el tiempo un momento específico, visualmente y sin -o con menos de- el inquieto poder de nuestros propios juicios.

Un artista, digamos, que pinta un paisaje, probablemente se vaya a demorar más que 1/1000 de segundo en hacer una pintura, además de darle, seguramente, un twist específico y personal a la representación de éste. Podría, por ejemplo, pintar el cielo azul cuando en realidad podría ser que el cielo esté prácticamente café de contaminación. O al revés.

Pero la fotografía, aunque no de una forma absoluta, nos permite enfrentar la realidad tal cual es -o tal cual se puede ver-.

Me gusta muchísimo la fotografía, especialmente la fotografía digital -aunque la análoga tiene un sentido romántico especial-, entre muchas otras cosas, por la capacidad de prueba/error en poco tiempo que permite. Puedo, por ejemplo, sacar una foto como creo que podría verse bien, y luego, ver la foto y darme cuenta de que fue un completo y rotundo fracaso, y corregirlo.

Con la fotografía he aprendido, hasta el momento, una cosa particularmente útil:
Las cosas son como son, lo queramos o no. Eso y sus detalles son lo que le dan, por ejemplo, la personalidad a las personas, la “uniquidad” a todo momento.
La eterna y filosófica cuestión que, en un momento dado, puede ser que estas nubes que fotografío estén ordenadas de una forma específica, que jamás podré comprender del todo, que jamás volverá a repetirse, que es como el agua que pasa bajo un puente y nunca volverá a pasar como tal. Y todo esto frente a mis ojos, y todo esto sin la necesidad de la profundidad o pseudoprofundidad filosófica y pseudofilosofal, libre de interpretaciones en su propia materia brutal, pero llena de estas para quien quiera observarlas, más que verlas simplemente.

 

Acá hay algunas fotos que he sacado, para ver más, pueden revisar mi Instagram 🙂